El bien y el mal, ambos danzando e insinuándose en una cruzada eterna. El bien y el mal, elementos inherentes al progreso humano y al desarrollo íntegro de cualquier civilización, base ineludible de cualquier religión. El bien y el mal como sustrato del código civil que regula nuestras vidas, nuestras conductas morales. El bien y el mal.
Hay temas donde podría competir olímpicamente a ser último clasificado y, precisamente, la tarea que nos ocupa es, sin duda, una de ellas.
Aunque esta entrada sea una cuestión que procede de otra, La Ley Natural: La batalla entre lo nuevo y lo antiguo, tiene como objeto dar debida respuesta a los comentarios y debate suscitado. Perdonad que lo enfoque de otra manera.
¿Cuál es la naturaleza del bien y del mal? ¿Es única e inmutable, varía a lo largo del tiempo? ¿Se puede mantener una discusión racional acerca de estos conceptos? ¿Son el bien y el mal características de un razonamiento ético, definidos por la filosófia de los tiempos o es, en cambio, una reflexión racional de una moral común subyacente como sustrato social y cultural?
¿Qué han dicho los autores que han tratado esta eterna discusión? ¿Qué piensa un servidor? Creo no dudaréis en afirmar que dicha cuestión parte de una entelequia opuesta al propio pensamiento, ya que en este debate no será considerada la conciencia ni el alma humana, pues ni tan siquiera se conoce de su existencia y no veo motivos por los que cuestionar a la ciencia. ¿O acaso debiera? ¿Es el bien y el mal un hecho de fe o es una postura acientífica? Pero, confiemos en que la respuesta no quede viciada por esa pequeña licencia.
Como quiera que sea, el tema es un pelín delicado en cuanto en tanto podría requerir una reflexión serena, sosegada y sensata que podría ocupar toda una vida. Creo que ya hay quienes a ello se dedican.
Sostengo como opinión personal que nos dirigimos hacia una cuestión vital, que no es otra que “la búsqueda“, como ya afirmara Lungalto en su último comentario. Sin embargo, quisiera hacer constar que no creo que se trate de una cuestión de búsqueda de Dios o Divinidad, sino de algo mucho más anexo al ser humano y de mayor caracter global. Se trataría del eterno proceso de perfección del hombre, consistente en dos pilares fundamentales de la civilización humana, a saber: Amor y Sufrimiento. Un ejemplo práctico de ello sería la búsqueda de la felicidad. Para alcanzar la felicidad, las personas necesitan “dar y recibir amor” y “evitar el sufrimiento en su personas y en la de los seres queridos”. Paradójicamente, las religiones suelen tomar este punto de partida.
Como amante de la ciencia y profesional de la técnica, gusto de observar lo empírico que de lo natural emana para posteriormente trazar las similitudes de aprendizaje social. Bien, ¿podemos apreciar en la naturaleza el bien y el mal? Supongámonos en el punto de mira de los animales, a todas luces irracionales (o eso se dice). ¿Actúan ellos con bondad o maldad? Yo diría que no. Que sólo responden a instintos naturales y a acontecimientos “aprendidos”, es decir, experimentados con anterioridad. En función de ello, ¿podríamos llegar a plantearnos la bondad y la maldad como categorías irresolubles de nuestra mente y, por tanto, sacarlas del ideario moral y de conducta ética?. En ese caso, estaríamos insinuando que la maldad y la bondad no serían parte intrínseca de nuestra manera racional de entender el mundo, sino que iría catalogada en un segmento físico de nuestra existencia, que por otra parte parecería innato a nuestra conducta social, como fenómeno radicalmente útil para discernir nuestra “acción social”.
Sucede que el pensamiento universal hubo una época donde los taquígrafos sólo hicieron avanzar la teoría de la pluma, ideas y expresiones de la mente metafísica. A medida que evolucionamos, el juguete tecnológico y las maravillas científicas han ido dejando de lado la singularidad filosófica de nuestra existencia. Prueba de ello es el cariz de animadversión hacia las Humanidades de los nuevos planes de estudios y de la paulatina desaparición de los “currícula” académicos.
Confío en suerte en el día en que, ciencia y humanidades, vuelvan a trabajar de forma conjunta, integrando los avances en doctrina social y evolución científica. Creo que habría avances sorprendentes.
Volviendo al tema que nos oscupa, nuestra condición humana llega a este mundo en un aura de “amor” y “esperanza”. Es decir, el ser humano sería un ser bondadoso, lleno de alegría vital, de amor. Muestra de ello son los bebés. Basta con mirarles a la cara. Una vez crecen, pasan unos días, se vician, contaminan de las sensaciones negativas de su entorno. Sufren, sienten dolor, sienten penas, ven la tristeza de sus padres. Para huir de ese dolor se vuelven seres negativos, aparece la maldad y, de ahí, surge el eterno debate Bien y Mal. Es, por ello, que nuestra búsqueda y destino de humanidad sea una convivencia en Paz y Armonía. Buscamos volver a sentir lo que concientemente desconocemos y lo que nuestra inconciente percepción denomina Dios, Amor, Paz o como queráis llamarlo y no es otra cosa que la vuelta a un viejo sentimiento, a un recuerdo de nuestra conciencia colectiva como seres humanos.
He aquí una interpretación de la Iglesia Católica del año 1954: “La ley natural es la expresión del sentido moral original que permite al hombre discernir mediante la razón lo que son el bien y el mal, la verdad y la mentira”.
En esta línea del pensamiento, citando a Kant como ya hicieran algún participante en el post anterior: “La libertad es la idea fundante de la voluntad que nos impele hacia el imperativo categórico. El hombre obra suponiendo que es libre porque el deber, la ley moral, implica libertad, así como ella implica a la otra”. ¿Deberíamos pues establecer relación alguna entre causalidad, entendida como elemento funcional de las acciones que acontecen en la naturaleza, y la perspectiva humana creadora de una moral ética?.
Para acabar esta entrada y cederles el turno de palabra, decir que tanto la maldad como el egoísmo, principal aspecto negativo del hombre, nacen como máscara para tapar el sufrimiento humano. Sería como un sistema de protección y supervivencia humana.
¿Continuamos el debate?
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