
La ética sin ciencia es ciega, y la ciencia sin ética es coja.
El eterno dilema entre empirismo y racionalismo nunca han dejado suficiente espacio a cuestiones tales como el positivismo o el naturalismo.
Hay quienes aún sostienen la búsqueda de la verdad mediante la razón natural, quienes se niegan a la sentencia, otrora radical, bajo la cual todo conocimiento procedería en última instancia de la experiencia sensible, ésta considerada como única fuente de conocimiento.
De acuerdo podríamos estar en afirmar que de un buen razonamiento, ejercitando adecuadamente la mente, se está en disposición de ejercer una buena conducta social. Sin embargo, reniego de la locución je pense, donc je suis.
Quizás se haya malinterpretado el humanismo debido a un exceso de los ejercicios metafísicos del pensamiento, si ésto pudiera considerarse forzosamente negativo, cediendo a una deshumanización radical, escudada en un desarrollo científico-tecnológico sin precedentes.
Podemos pues, caer en la grave tesitura de considerar o infravalorar todo aquello no demostrable como radicalmente falso, incierto en su presentación como ente intelectual y, quizás, moral. Bajo esta valoración podríamos llegar a discutir el concepto de ética. Si pensamos en una ética de la vida, estaríamos realmente desplazándonos a un plano enfocado y denominado comúnmente como bioética.
¿Y si todos los diálogos atemporales establecidos hasta el momento carecieran de validez, debido a un enfoque inapropiado? Obvia es la influencia religiosa en la configuración del pensamiento occidental, acotando este planteamiento a Occidente, por haber sido éste cuna de nuestra civilización actual.
Bien, es conocido que el papel de la Iglesia Católica en el pasado, por citar un ejemplo cercano, fue de cierta opresión y censura a todos los niveles, sobretodo en el plano intelectual. No sólo eso, sino que la inmensa mayoría de transcripciones fueron realizadas por personas apegadas a las rígida conducta moral de la Iglesia. Fuera ello verídico o no, no podría negarse tan inmensa influencia, aunque esta sólo se hubiese producido en un plano cultural.
El inagotado debate ciencia vs. religión, empirismo vs. razón, no puede dejarse seducir por una moral kantiana que aterriza en un proceso natural, donde la ética individual de cada individuo aterriza en un plano social, común, sin más, siendo ampliamente aceptado como si de una nimiedad se tratara. Si nos adheriéramos a lo comentado en estas líneas, estaríamos reconociendo una capacidad innata del hombre, capaz de abrazar la verdad bajo el único prisma de un razonamiento aislado, pues partiría de una individualidad, a su vez necesariamente colectiva, común a todos, como una justificación de una aceptación común de toda la sociedad.
Demasiado rebuscado y mezclado con la supuesta espiritualidad humana. El hombre común, fuente en sí mismo, de un bien y un mal, paradójicamente instintivo y natural a cada ser. Dudo que al llegar al final de esta frase se desvanezca todas las sombras de duda, pues la duda surge con manifestación propia, como incentivo humano, como diáspora de conducto hacia una inquietud y creatividad natural, instintiva en sí y por sí misma.
Sólo vemos aquello que nuestros sentidos nos indican y, con suerte, los ingenios tecnológicos nos hacen avanzar hacia una realidad insospechada hasta ahora, un nuevo germen que requiere de interpretaciones, de acaricias que fundirán el pensamiento en una extracción, no metafísica, sino al contrario intrafísica.
Parece obvio pensar que el ser humano no es sólo objeto de razonamiento y percepción. No parecería válido justificar una propia inercia de la paradoja bien-mal, abstrayéndonos únicamente a un marco macrofísico. Es decir, el razonamiento considerado como emergente, como necesidad de explicación de aquello que sucede alrededor, fruto de la inquietud o fuerza interior que motiva la búsqueda de la perfección, del entendimiento y comprensión de aquello que nuestros sentidos nos dictan.
No quisiera con ello hacerme eco de interpretaciones exitenciales acerca de la psique y su proyección divina, o cuales quiera que vuestras interpretaciones os estén sugiriendo en este momento. No quisiera alargarme pero hay cuestiones que no son apropiadas para espacios tan reducidos.
Entiendo que haya quienes necesiten creer para comprender o comprender para creer. Fe vs razón o cómo abrazar o rechazar la fe a través de la razón. Hablamos de algo superior a ello, la propia existencia humana y el por qué de sus desvelos, de un razonamiento que convierte en misterio lo desconocido.
No con mucha minuciosidad me planteo si el futuro nos desvela un paradigma bifocal. Entender el por qué de lo visible, la conducta ética del hombre, mientras se avanza en el reto de entender la naturaleza interna del hombre cómo búsqueda de nuestros instintos. ¿Surgirá una nueva ética social basada en la genética y la manipulación motriz de nuestro ser? En caso de ser cierto aquello de “la razón lo es todo”, estaríamos ante el inmenso abismo de comprender y razonar, no sólo el por qué de nuestras ideas, sino de explicar la esencia humana en sí misma, poder discernir la fuente que motiva ese comportamiento natural, al que hemos venido a denominar bien y mal. ¿Y sí las leyes naturales sobre las que se ha versado durante milenios no fuera más que una configuración física de nuestra estructura molecular? Esta sería única en los humanos y explicaría el por qué de la ausencia en animales y otros seres animados. Y sí aquello que denominamos alma, aquello que denominamos fe, fuera sólo consecuencia de la física humana, de una conciencia originaria preinstalada y escrita en nuestros genes. ¡Qué alocado parecería!
Y si llegado ese momento, viéramos la luz interior que siempre nos ha acompañado, la energía que inunda todo el universo y pusiéramos pies en polvorosa en la búsqueda del verdadero bienestar común, en un marco social de puro entendimiento y bajo unas leyes naturales, reconocidas realmente como universales.
“Sin cúltura ética, no habrá riqueza en el interior de los hombres. Si uno necesita lujos y placeres excesivos es porque su interior está vacío”.
* Las citas de inicio y fin de texto son originarias de Mischa Cotlar.
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